viernes, 21 de mayo de 2010

Oda escrita en 1.966


Nadie es la patria.
Ni siquiera el jinete que, alto en el alba de una plaza desierta, rige un corcel de bronce por el tiempo, ni los otros que miran desde el mármol, ni los que prodigaron su bélica ceniza por los campos de América o dejaron un verso o una hazaña o la memoria de una vida cabal en el justo ejercicio de los días.
Nadie es la patria.
Ni siquiera los símbolos.

Nadie es la patria.
Ni siquiera el tiempo cargado de batallas, de espadas y de éxodos y de la lenta población de regiones que lindan con la aurora y el ocaso, y de rostros que van envejeciendo en los espejos que se empañan y de sufridas agonías anónimas que duran hasta el alba y de la telaraña de la lluvia sobre negros jardines.

La patria, amigos, es un acto perpetuo como el perpetuo mundo. (Si el Eterno Espectador dejara de soñarnos un solo instante, nos fulminaría, blanco y brusco relámpago, Su olvido.)
Nadie es la patria, pero todos debemos ser dignos del antiguo juramento que prestaron aquellos caballeros de ser lo que ignoraban, argentinos, de ser lo que serían por el hecho de haber jurado en esa vieja casa.
Somos el porvenir de esos varones, la justificación de aquellos muertos; nuestro deber es la gloriosa carga que a nuestra sombra legan esas sombras que debemos salvar.

Nadie es la patria, pero todos lo somos.
Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, ese límpido fuego misterioso.

Jorge Luis Borges

viernes, 14 de mayo de 2010

¡Piu Avanti!



No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y arremete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde intrepidez del pavo
que amaina su plumaje al menor ruido.

Procede como Dios que nunca llora;
o como Lucifer, que nunca reza;
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua y no la implora...

Que muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!

viernes, 2 de abril de 2010

El hincha


Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio. Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo.
En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno.
Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos. Rara vez el hincha dice: "hoy juega mi club". Más bien dice: "hoy jugamos nosotros". Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música.
Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval.

Eduardo Galeano

viernes, 5 de marzo de 2010

La bolsa azul

 León Guruciaga. Poeta nicoleño

I
Una anciana en su rancho se moría,
Y a sus nietos decía:
- Mi caudal hallareis en esta almohada,
entre bolsas iguales repartido.
Así como os lo doy, lo he recibido
Del Mundo, de mi Dios y de la Nada.
Haced entre los tres las divisiones,
Sin otras aflicciones
Que al amor al color de vuestro agrado;
Si blanco, blanco; azulo colorado.
Y pues voy a rezar, id, os advierto...

II
Cuando los tres volvieron ya había muerto.
Dádola sepultura,
A su cama volvieron con premura,
Y en la almohada de abajo se encontraron
El caudal de las bolsas de la anciana.
Uno a uno tomó la de su gana,
Y con la bolsa al hombro se marcharon.
De oro repleta estaba la primera,
De ilusiones doradas la segunda,
Y de sanas virtudes la tercera.

III
Ignoro de los tres el paradero,
Más sé por cierta extraña referencia,
Que el de la bolsa azul es el primero
en gozar las virtudes de la herencia.

 León Guruciaga. Poeta nicoleño

jueves, 4 de marzo de 2010

Actitud

 

¿Alguna vez se pusieron a observar qué actitud toman los pájaros ante las adversidades?

Los pájaros se pasan días enteros construyendo su nido, recogiendo materiales -a veces- traídos desde distancias inmensas.

Y cuando ya está todo el nido terminado y los pájaros están a punto de tener a sus crías, las tormentas, un ser humano o algún animal lo destruyen y tiran por suelo tanto esfuerzo.

¿Qué hace el pájaro entonces? ¿Se paraliza? ¿Se deprime? ¿Abandona la tarea?

No. De ninguna manera.

Vuelve a comenzar, una y otra vez, hasta que en el nido aparecen los primeros pichones.

Duele recomenzar, pero, aun así, el pájaro jamás enmudece ni retrocede, sigue cantando y construyendo, construyendo y cantando.

Entonces, así nos golpee la vida una vez más, no hay que entregarse nunca.

Hay que seguir.

Hay que poner la proa visionaria hacia una estrella, afanosos de perfección y rebeldes a la mediocridad.

No hay que preocuparse si en la batalla sufrimos alguna herida. Probablemente así suceda. Hay que juntar los pedazos, armarlos de nuevo y volver a empezar. De cero.

No importa lo que pase, hay que seguir adelante.

Y nunca dejar de cantar.
 
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