jueves, 31 de diciembre de 2009

Cuando California fue argentina por seis días


Hipólito Bouchard, primer corsario argentino


Hipólito Bouchard nació el 15 de enero de 1780 en Bormes, cerca de Saint Tropez (Francia). Desde muy pequeño se incorporó a la marina y en un barco francés llegó a Buenos Aires para quedarse en 1809, pocos meses antes del comienzo de la Revolución de Mayo. Bouchard, un liberal francés, pronto comenzó a sentir una profunda simpatía por las ideas expresadas por el sector más radical de la Junta, liderado por Mariano Moreno, y puso sus conocimientos navales a disposición de la revolución. El gobierno lo nombró segundo comandante de la recientemente creada flota nacional. El 2 de marzo de 1811, el Combate de San Nicolás de los Arroyos constituyó el bautismo de fuego de la nueva escuadra. Lamentable fue una derrota.

El 3 de febrero de 1813, otro bautismo de fuego, el del Regimiento de Granaderos a Caballo al mando de San Martín en San Lorenzo, encontrará nuevamente a Bouchard dispuesto a todo. Dice San Martín en el parte de guerra: "una bandera que pongo en manos de V.E. y que arrancó con la vida del abanderado el oficial don Hipólito Bouchard".

San Martín tomará nota de la actuación del temerario francés y lo tendrá muy en cuenta a la hora de recomendárselo al almirante Guillermo Brown para hostigar a los españoles en el Pacífico y preparar de esa manera el asalto final sobre Lima.


En 1815, comenzó la campaña de guerra de corso dirigida por Brown, con la fragata "Hércules" y el bergantín "Santísima Trinidad" acompañado por la corbeta "Halcón" al mando de Bouchard. Ya en octubre de 1815, pudieron apresar fragatas españolas y bloquear y atacar el puerto de El Callao. Siguieron viaje y atacaron las fortificaciones cercanas a Guayaquil. En 1816, volvieron a bloquear la entrada al puerto de El Callao y hundieron la fragata española Fuente Hermosa.

Pero la etapa más novelesca de la vida de Bouchard estaba por comenzar. Mitre la resumió de esta manera: "...Una campaña de dos años dando la vuelta al mundo en medio de continuos trabajos y peligros, una navegación de diez o doce mil millas por los más remotos mares de la tierra, en que se domina una sublevación, se sofoca un incendio a bordo, se impide el tráfico de esclavos en Madagascar, se derrota a piratas malayos en Macasar, se bloquea a Filipinas, anonadando su comercio y su marina de guerra, se domina parte de Oceanía imponiendo la ley, a sus más grandes reyes por la diplomacia o por la fuerza; en que se toma por asalto la capital de la Alta California, se derrama el espanto en las costas de México, se hace otro tanto en Centro América, se establecen bloqueos entre San Blas y Acapulco, se toma a viva fuerza el puerto de Realejo apresándose en este intervalo más de veinte piezas de artillería, rescatando un buque de guerra de la Nación y aprisionando o quemando como veinticinco buques enemigos…".



El 9 de j
ulio de 1817, zarpó la fragata La Argentina -anteriormente una nave española llamada Consecuencia de la cual se habían apoderado- al mando del capitán Bouchard, desde la ensenada de Barragán para cumplir un crucero de corso, que habría de durar dos años.

Navegando por aguas del Atlántico Sur, llegó a Madagascar y frustró el embarco de esclavos que estaban a punto de concretar tres buques ingleses y uno francés.

La Argentina siguió navegando rumbo a las Filipinas para perjudicar el tráfico comercial de los buques españoles. Rechazaron el ataque de cinco buques piratas malayos.

En las islas Hawai, Bouchard se entrevistó con el rey Kamehameha y firmó un tratado haciéndole reconocer la Independencia Argentina, proclamada por el Congreso de Tucumán. El rey hawaiano gobernaba las islas hacía treinta años y los viajeros lo llamaban el Napoleón de la Polinesia. Había logrado formar una confederación de las islas hawaianas con capital en Karakakowa. Kamehameha le proveyó a Bouchard 100 marinos y le devolvió la goleta Chacabuco, capturada por sus hombres. La flota compuesta ahora por franceses argentinos y hawaianos, puso proa a California, y llegó a su capital, Monterrey, el 22 de julio de 1818. Tras duros combates, logró tomar el fuerte y hace flamear la bandera de Belgrano por seis días en California. Tras el ataque a Monterrey, las tropas de Bouchard arrasaron la misión de San Juan, Santa Bárbara y otros poblados españoles de alta y baja California. El 25 de enero de 1819, bloqueó el puerto de San Blas y atacó Acapulco de México. En Guatemala destruyó Sonsonate y capturó bergantines españoles. En Nicaragua, tomó Realejo, el principal puerto español en los mares de Sur, y se apoderó de cuatro buques españoles. Bajó hacia el Perú siguió hostigando las posiciones españolas sobre el Pacífico. Las naves de Bouchard llegaron el 9 de julio de 1819 al puerto de Valparaíso, justo a tiempo para integrarse a la flota que San Martín preparaba para tomar Lima.


La travesía de La Argentina había durado dos años. Durante ese tiempo, Bouchard y su gente sostuvieron trece combates navales, capturaron o destruyeron veintiséis buques y decomisaron la carga de cuatro barcos negreros –y liberaron a sus prisioneros- y de dos naves inglesas y una de los Estados Unidos.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Morella




El mismo, por si mismo únicamente, eternamente uno, y solo.

Platón, Symposium

Consideraba yo a mi amiga Morella con un sentimiento de profundo, aunque muy singular afecto. Habiéndola conocido casualmente hace muchos años, mi alma, desde nuestro primer encuentro, ardió con un fuego que no había conocido antes jamás; pero no era ese fuego el de Eros, y representó para mi espíritu un amargo tormento la convicción gradual de que no podría definir su insólito carácter ni regular su vaga intensidad. Sin embargo, nos tratamos, y el destino nos unió ante el altar; jamás hablé de pasión, ni pensé en el amor. Ella, aun así, huía de la sociedad, y dedicándose a mí, me hizo feliz.

Asombrarse es una felicidad, y una felicidad es soñar.


La erudición de Morella era profunda. Como espero mostrar, sus talentos no eran de orden vulgar, y su potencia mental era gigantesca. Lo percibí, y en muchas materias fui su discípulo. No obstante, pronto comprendí que, quizá a causa de haberse educado en Pressburgo ponía ella ante mí un gran número de esas obras místicas que se consideran generalmente como la simple escoria de la literatura alemana. Esas obras, no puedo imaginar por qué razón, constituían su estudio favorito y constante, y si en el transcurso del tiempo llegó a ser el mío también, hay que atribuirlo a la simple, pero eficaz influencia del hábito y del ejemplo.


Con todo esto, si no me equivoco, pero tiene que ver mi razón. Mis convicciones, o caigo en un error, no estaban en modo alguno basadas en el ideal, y no se descubriría, como no me equivoque por completo, ningún tinte del misticismo de mis lecturas, ya fuese en mis actos o ya fuese en mis pensamientos.


Persuadido de esto, me abandoné sin reserva a la dirección de mi esposa, y me adentré con firme corazón en el laberinto de sus estudios. Y entonces -cuando, sumiéndome en páginas aborrecibles, sentía un espíritu aborrecible encenderse dentro de mí- venía Morella a colocar su mano fría en la mía, y hurgando las cenizas de una filosofía muerta, extraía de ellas algunas graves y singulares palabras que, dado su extraño sentido, ardían por sí mismas sobre mi memoria. Y entonces, hora tras hora, permanecía al lado de ella, sumiéndome en la música de su voz, hasta que se infestaba de terror su melodía, y una sombra caía sobre mi alma, y palidecía yo, y me estremecía interiormente ante aquellos tonos sobrenaturales. Y así, el gozo se desvanecía en el horror, y lo más bello se tornaba horrendo, como Hinnom se convirtió en Gehena.


Resulta innecesario expresar el carácter exacto de estas disquisiciones que, brotando de los volúmenes que he mencionado, constituyeron durante tanto tiempo casi el único tema de conversación entre Morella y yo.


Los enterados de lo que se puede llamar moral teológica las concebirán fácilmente, y los ignorantes poco comprenderían, en todo caso. El vehemente panteísmo de Fichte, la palingenesia modificada de los pitagóricos, y por encima de todo, las doctrinas de la Identidad tal como las presenta Schelling, solían ser los puntos de discusión que ofrecían mayor belleza a la imaginativa Morella. Esta identidad llamada personal, la define con precisión mister Locke, creo, diciendo que consiste en la cordura del ser racional. Y como por persona entendemos una esencia inteligente, dotada de razón, y como hay una conciencia que acompaña siempre al pensamiento, es ésta la que nos hace a todos ser eso que llamamos nosotros mismos, diferenciándonos así de otros seres pensantes y dándonos nuestra identidad personal. Pero el principium individuationis -la noción de esa identidad que en la muerte se pierde o no para siempre- fue para mí en todo tiempo una consideración de intenso interés, no sólo por la naturaleza pasmosa y emocionante de sus consecuencias, sino por la manera especial y agitada como la mencionaba Morella.

Pero realmente había llegado ahora un momento en que el misterio del carácter de mi esposa me oprimía como un hechizo. No podía soportar por más tiempo el contacto de sus pálidos dedos, ni el tono profundo de su palabra musical, ni el brillo de sus melancólicos ojos. Y ella sabía todo esto, pero no me reconvenía.

Parecía tener conciencia de mi debilidad o de mi locura, y sonriendo, las llamaba el Destino. Parecía también tener conciencia de la causa, para mí desconocida, de aquel gradual desvío de mi afecto; pero no me daba explicación alguna ni aludía a su naturaleza. Sin embargo, era ella mujer, y se consumía por días. Con el tiempo, se fijó una mancha roja constantemente sobre sus mejillas, y las venas azules de su pálida frente se hicieron prominentes. Llegó un instante en que mi naturaleza se deshacía en compasión; pero al siguiente encontraba yo la mirada de sus ojos pensativos, y entonces sentíase mal mi alma y experimentaba el vértigo de quien tiene la mirada sumida en algún aterrador e insondable abismo.


¿Diré que anhelaba ya con un deseo fervoroso y devorador el momento de la muerte de Morella? Así era; pero el frágil espíritu se aferró en su envoltura de barro durante muchos días, muchas semanas y muchos meses tediosos, hasta que mis nervios torturados lograron triunfar sobre mi mente, y me sentí enfurecido por aquel retraso, y con un corazón demoníaco, maldije los días, las horas, los minutos amargos, que parecían alargarse y alargarse a medida que declinaba aquella delicada vida, como sombras en la agonía de la tarde. Pero una noche de otoño, cuando permanecía quieto el viento en el cielo, Morella me llamó a su lado. Había una oscura bruma sobre toda la tierra, un calor fosforescente sóbrenlas aguas, y entre el rico follaje de la selva de octubre, hubiérase dicho que caía del firmamento un arco iris.


-Éste es el día de los días -dijo ella, cuando me acerqué-: un día entre todos los días para vivir o morir. Es un día hermoso para los hijos de la tierra y de la vida, ¡ah, y más hermoso para las hijas del cielo y de la muerte!


Besé su frente, y ella prosiguió:
-Voy a morir, y a pesar de todo, viviré.

-¡Morella!


-No han existido nunca días en que hubieses podido amarme; pero a la que aborreciste en vida la adorarás en la muerte.


-¡Morella!


-Repito que voy a morir. Pero hay en mí una prenda de ese afecto, ¡ah, cuan pequeño!, que has sentido por mí, por Morella. Y cuando parta mi espíritu, el hijo vivirá, el hijo tuyo, el de Morella. Pero tus días serán días de dolor, de ese dolor que es la más duradera de las impresiones, como el ciprés es el más duradero de los árboles. Porque han pasado las horas de tu felicidad, y no se coge dos veces la alegría en una vida, como las rosas de Paestum dos veces en un año. Tú no jugarás ya más con el tiempo el juego del Teyo; pero, siéndote desconocidos el mirto y el vino, llevarás contigo sobre la tierra tu sudario, como hace el musulmán en la Meca.


-¡Morella! -exclamé-. ¡Morella! ¿cómo sabes esto?

Pero ella volvió su rostro sobre la almohada, un leve temblor recorrió sus miembros, y ya no oí más su voz. Sin embargo, como había predicho ella, su hijo -el que había dado a luz al morir, y que no respiró hasta que cesó de alentar su madre-, su hijo, una niña, vivió. Y creció extrañamente en estatura y en inteligencia, y era de una semejanza perfecta con la que había desaparecido, y la amé con un amor más ferviente del que creí me sería posible sentir por ningún habitante de la Tierra.


Pero, antes de que pasase mucho tiempo, se ensombreció el cielo de aquel puro afecto, y la tristeza, el horror, la aflicción, pasaron veloces como nubes. He dicho que la niña creció extrañamente en estatura y en inteligencia.
Extraño, en verdad, fue el rápido crecimiento de su tamaño corporal; pero terribles, ¡oh, terribles!, fueron los tumultuosos pensamientos que se amontonaron sobre mí mientras espiaba el desarrollo de su ser intelectual.
¿Podía ser de otra manera, cuando descubría yo a diario en las concepciones de la niña las potencias adultas y las facultades de la mujer, cuando las lecciones de la experiencia se desprendían de los labios de la infancia y cuando veía a cada hora la sabiduría o las pasiones de la madurez centellear en sus grandes y pensativos ojos?
Como digo, cuando apareció evidente todo eso ante mis sentidos aterrados, cuando no le fue ya posible a mi alma ocultárselo más, ni a mis facultades estremecidas rechazar aquella certeza, ¿cómo puede extrañar que unas sospechas de naturaleza espantosa y emocionante se deslizaran en mi espíritu, o que mis pensamientos se volvieran, despavoridos, hacia los cuentos extraños y las impresionantes teorías de la enterrada Morella?
Arranqué a la curiosidad del mundo un ser a quien el Destino me mandaba adorar, y en el severo aislamiento de mi hogar, vigilé con una ansiedad mortal cuanto concernía a la criatura amada.

Y mientras los años transcurrían, y mientras día tras día contemplaba yo su santo, su apacible, su elocuente rostro, mientras examinaba sus formas que maduraban, descubría día tras día nuevos puntos de semejanza en la hija con su madre, la melancólica y la muerta. Y a cada hora aumentaban aquellas sombras de semejanza, más plenas, más definidas, más inquietantes y más atrozmente terribles en su aspecto. Pues que su sonrisa se pareciese a la de su madre podía yo sufrirlo, aunque luego me hiciera estremecer aquella identidad demasiado perfecta; que sus ojos se pareciesen a los de Morella podía soportarlo, aunque, además, penetraran harto a menudo en las profundidades de mi alma con el intenso e impresionante pensamiento de la propia Morella. Y en el contorno de su alta frente, en los bucles de su sedosa cabellera, en sus pálidos dedos que se sepultaban dentro de ella, en el triste tono bajo y musical de su palabra, y por encima de todo -¡oh, por encima de todo!- en las frases y expresiones de la muerta sobre los labios de la amada, de la viva, encontraba yo pasto para un horrendo pensamiento devorador, para un gusano que no quería perecer.


Así pasaron dos lustros de su vida, y hasta ahora mi hija permanecía sin nombre sobre la tierra. «Hija mía» y «amor mío» eran las denominaciones dictadas habitualmente por el afecto paterno, y el severo aislamiento de sus días impedía toda relación. El nombre de Morella había muerto con ella.
No hablé nunca de la madre a la hija; érame imposible hacerlo. En realidad, durante el breve período de su existencia, la última no había recibido ninguna impresión del mundo exterior, excepto las que la hubieran proporcionado los estrechos límites de su retiro.
Pero, por último, se ofreció a mi mente la ceremonia del bautismo en aquel estado de desaliento y de excitación, como la presente liberación de los terrores de mi destino.
Y en la pila bautismal dudé respecto al nombre.
Y se agolparon a mis labios muchos nombres de sabiduría y belleza, de los tiempos antiguos! y de los modernos, de mi país y de los países extranjeros, con otros muchos, muchos delicados de nobleza, de felicidad y de bondad.

¿Qué me impulsó entonces a agitar el recuerdo de la muerta enterrada?
¿Qué demonio me incitó a suspirar aquel sonido cuyo recuerdo real hacía refluir mi sangre a torrentes desde las sienes al corazón?
¿Qué espíritu perverso habló desde las reconditeces de mi alma, cuando, entre aquellos oscuros corredores, y en el silencio de la noche, musité al oído del santo hombre las sílabas «Morella»?
¿Qué ser más demoníaco retorció los rasgos de mi hija, y los cubrió con los tintes de la muerte cuando estremeciéndose ante aquel nombre apenas audible, volvió sus límpidos ojos desde el suelo hacia el cielo, y cayendo prosternada sobre las losas negras de nuestra cripta ancestral, respondió: «¡Aquí estoy!»?
Estas simples y cortas sílabas cayeron claras, fríamente claras, en mis oídos, y desde allí, como plomo fundido, se precipitaron silbando en mi cerebro. Años, años enteros pueden pasar; pero el recuerdo de esa época, ¡jamás! No desconocía yo, por cierto, las flores y la vid; pero el abeto y el ciprés proyectaron su sombra sobre mí noche y día. Y no conservé noción alguna de tiempo o de lugar, y se desvanecieron en el cielo las estrellas de mi destino, y desde entonces se ensombreció la tierra, y sus figuras pasaron junto a mí como sombras fugaces, y entre ellas sólo vi una: Morella. Los vientos del firmamento suspiraban un único sonido en mis oídos, y las olas en el mar murmuraban eternamente: «Morella.» Pero ella murió, y con mis propias manos la llevé a la tumba; y reí con una risa larga y amarga al no encontrar vestigios de la primera Morella en la cripta donde enterré la segunda.

Edgar Allan Poe

¿Por qué nos apuntaban?.



Esos días eran así. Marchas, asambleas, los famosos “playones”, con miles de obreros demacrados por la lucha diaria. Y en la puerta de la fábrica, carpas, carpas y más carpas.

Habíamos ido a Plaza de Mayo para mostrarle a esos necios que éramos más de trescientos revoltosos, como decían. Ese día fuimos siete mil.

El viaje de vuelta desde Buenos Aires a San Nicolás había sido muy largo. Mucho más de lo que hubiésemos querido.

Llegamos a las tres de la mañana y los viejos colectivos no pudieron llegar hasta la puerta de la fábrica. Nos dejaron como a cuatro cuadras del puente que separaba a SOMISA de la Ruta 9. Y tuvimos que llegar caminando.

Las jornadas no tenían fin. Es que el decreto de privatización se había clavado en el pecho y en los sueños de todos los nicoleños. Y ahí estábamos, defendiéndonos.

Caminábamos lento. El silencio nos aturdía. Ni una voz. Ni una. Sólo los pasos que retumbaban dentro de cada una de las almas castigadas por el hambre y el sueño. Al costado del camino, las armas de los gendarmes no nos sacaban los ojos de encima.

La fábrica no sólo era fuente de trabajo. Ese mundo de hierros y hornos, era la usina de dignidad más grande que se puedan imaginar. Había que ver las caras de la gente los treinta de cada mes. Eso era alegría. Poder llevar los chicos a la plaza, y encima, pagar dos vueltas a la calesita. Eso sí, siempre y cuando, no le manotearan la sortija al viejo calesitero, que parecía malo... pero yo sé que disfrutaba cuando los pibes se ganaban la vuelta gratis.

Eso era dignidad. Ganarse el derecho a vivir sin lujos, pero con la olla llena y el pan del día.

¿Sabrían los gendarmes que nos estaban apuntando que caminábamos hacia el abismo? No, seguramente no lo sabían. Ellos sólo cumplían órdenes. Y si sabían... ¿por qué nos apuntaban?.

Sueños



Intentando encontrar el cielo puedo hallar hasta a la misma muerte.

Algún día sucederá, lo sé.

Las historias sólo comentan las luchas, eternas, inútiles, siempre sangre, siempre dolor.
El dolor es bueno si se sabe dominarlo...

“Yo soy el dolor...”, me dijo, y lentamente se introducía en mí, desgarrando mis entrañas y capturando para siempre el sueño del nunca recordado vuelo. Apuesto que no recordás el vuelo... ya me parecía.

Algún día vendrás y ya no estaré, todo habrá acabado. Gritarás tu furia, romperás las fotos de un recuerdo que nunca debió haber figurado en ninguno de los rincones de tu mente,... en ninguno.

Ideas... ¿de qué?,... ¿de quién?,... ¿de Dios?,... ¿cuál Dios?, ¿al que le implorás tu sangre cuando querés suicidarte, o aquél que sólo recordás maldiciendo tu puta suerte de una noche sin promesas de amor...?

Dios, el mejor y el peor invento de todos... ¿no?

Ya lo ves, los relámpagos de la última tormenta ya asoman sobre la sombra de tu antigua figura, sin forma, como tu vida, como cada uno de los actos errantes que realizás tratando de agradar... ¿a quién?

Temblando subís a tu habitación buscando los espejos, pero nunca los encontrarás. Ellos están junto a la ruta que cruzás todos los días de tu vida, vagando por ahí, subiendo a la cima de sus almas para que sus destellos no dañen tu opaco orgullo de ignorancia eterna.

Entonces vas a correr, estoy seguro de eso (...) y cuando te canses de escapar y sólo veas las mismas demacradas imágenes de los espectros de tus sueños, lamentarás haber nacido. Te ahogarás en un baño de luna incandescente como jamás lo habías pensado. La tierra se abrirá como tus venas aquella noche,... te acordás?

Ya nada podrá salvarte.

Volverás al centro mismo de la existencia, de donde jamás debiste haber salido, o al que tus ojos ciegos de muerte jamás volverán a ver.

Felices sueños.

Que duermas bien...

GJQ - 1993

martes, 29 de diciembre de 2009

Ciclos



Él, como todos los días, se sentó en aquél viejo sillón de mimbre, a esperar el amanecer. La quietud reinaba. Nada hacía prever que aquello se transformaría en una feroz maraña de sensaciones.
Con solemnidad, pero con una irrefrenable actitud liberadora, abrió lentamente su ventana, y cruzando sus largos brazos inhaló repetidas veces el aire de la mañana, que, extrañamente, no era el mismo de las largas jornadas de San Damián.

Apartando un poco el cuerpo, tomó el antiguo cajoncito y lo posó sobre sus rodillas. Ése era su secreto. Jamás había dejado que nadie lo tocara. De entre sus arruinadas ropas sacó una llave tan vieja como su historia, y con un gesto de gran tranquilidad levantó la tapa del extraño cofre. Metió su mano en él y sacó un antiguo escrito, amarillo, algo destruido por los años de espera.
Rápidamente se colocó los anteojos y fue desplegando suavemente - como quien acaricia algo amado - aquella antigua redacción. Creo que no era la primera vez que lo hacía. A decir verdad, había repetido esa misma operación infinidad de veces. Pero esta era especial.
Esta era la esperada.

Ese día se había levantado mucho más temprano que de costumbre y se había bañado y preparado como si fuese a visitar a alguien que esperaba hacerlo de hace mucho tiempo, al menos es lo que sospeché al verlo ataviado con una elegantísima vestidura.
Con los ademanes de un señor, volvió a enrollar el viejo manuscrito, lo colocó dentro del cajoncito y arrojó la llave por aquella ventana tan lejos como su largo y arrugado brazo le permitió hacerlo y volvió a desplomarse en su asiento. Allí estaba. Sentado. Esperando a quién sabe quién.
En un momento determinado, se paró de su sillón, dejó el cajoncito en el piso y caminó, finalmente, hacia la ventana. Allí estuvo por un instante y justo cuando el sol asomaría su primer haz de luz... en el preciso instante en el que el reino de las penumbras dejaba su trono a un resplandeciente y vencedor astro rey, desapareció, dejando detrás de sí solamente sus vestiduras y el viejo cajón.

Nunca nadie, jamás, reclamó su presencia.
Ni siquiera supieron de su desaparición.
Un día, alguien abrió el cajoncito y graciosamente lo mostró a los pobladores de la aldea.
En el antiguo pergamino, en un idioma extraño y olvidado de las tradiciones - se supo – se narraba la cíclica vida, muerte y resurrección de un demonio ancestral, tan antiguo como el mismísimo Dios.

Nadie dio importancia al hallazgo y quedó olvidado en algún rincón oscuro del tiempo.
No había tiempo para brujerías, como lo llamaban.
Estaban demasiado atentos con el recién llegado.
Un hermoso bebé, concebido luego de un breve y extraño embarazo...
GJQ - 1993
 
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